Las últimas semanas estuve con exámenes. Si mi tendencia natural es la preferencia al encierro, el estudio intensivo logra un efecto radical. Claro que esto no es sin consecuencias. Por más que uno disfrute trabajar un texto a fondo, el hombre no vive de conceptos... por eso creo que no fue casualidad el primer post sobre el tacto. Este segundo viene a razón de lo mismo.
Más allá del obvio tacto sensual, hay varios tactos que me son necesarios: el palmear la espalda de un amigo, el tacto de la jarra de cerveza transpirada, el manosear las tomas de la palestra y varios más. El libro en ese sentido no nos brinda demasiado. Aunque todos los enamorados de ellos conocemos ese gusto de manipularlos y olerlos, creo –en este momento de mi vida- que su mayor función es la de ser catalizadores, la de permitirnos disfrutar más de los otros tactos... Bueh, me fui al carajo, sueno demasiado pretencioso. Lo que quería introducir es un texto de Italo Calvino, que en medio de tantos libros y de tantas corridas por Buenos Aires, me recordó que hay que tener cuidado: Está bien eso de andar en tu mundo cuando estás viajando en el colectivo al trabajo, pero ojo ¡no hay que olvidarse de pellizcar esas apetecibles piernas sentadas al lado nuestro! Ente es el relato...
"En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otras miradas, no se detienen.
Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que presenta todos los años que tiene, los ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura con otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que en un instante todas las combinaciones se agotan y otros personajes entran es escena: un ciego con un guepardo sujeto por una cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una jamona. Así entre quienes por casualidad se juntan bajo un soportal para guarecerse de la lluvia, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos.
Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si los hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, simulaciones, malentendidos, choques, opresiones, y el carrusel de las fantasías de detendría."
Más allá del obvio tacto sensual, hay varios tactos que me son necesarios: el palmear la espalda de un amigo, el tacto de la jarra de cerveza transpirada, el manosear las tomas de la palestra y varios más. El libro en ese sentido no nos brinda demasiado. Aunque todos los enamorados de ellos conocemos ese gusto de manipularlos y olerlos, creo –en este momento de mi vida- que su mayor función es la de ser catalizadores, la de permitirnos disfrutar más de los otros tactos... Bueh, me fui al carajo, sueno demasiado pretencioso. Lo que quería introducir es un texto de Italo Calvino, que en medio de tantos libros y de tantas corridas por Buenos Aires, me recordó que hay que tener cuidado: Está bien eso de andar en tu mundo cuando estás viajando en el colectivo al trabajo, pero ojo ¡no hay que olvidarse de pellizcar esas apetecibles piernas sentadas al lado nuestro! Ente es el relato...
"En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otras miradas, no se detienen.
Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que presenta todos los años que tiene, los ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura con otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que en un instante todas las combinaciones se agotan y otros personajes entran es escena: un ciego con un guepardo sujeto por una cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una jamona. Así entre quienes por casualidad se juntan bajo un soportal para guarecerse de la lluvia, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos.
Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si los hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, simulaciones, malentendidos, choques, opresiones, y el carrusel de las fantasías de detendría."
Italo Calvino, “Las Ciudades Invisibles”
4 comentarios:
Pensá que podría ser peor...
Podrías estar "manoseando la espalda transpirada de un amigo, palmeando la cerveza y no llegando siquiera a tocar las tomas de la pala estra".
Sí, podría ser peor...
MP
me hizo acordar a algo que pensé y escribí una vez, algo que transmitía la idea del primer párrafo del texto de calvino que citaste, pero OBVIAMENTE.. millones de veces menos poético!
slds
Y vos que te preocupabas por escribir muy pretencioso...
¿No es hora de que alguien se canse de sutilezas y te haga un buen tacto?
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